Y también la alegría de la Virgen por la resurrección
En Peñafiel, Valladolid, pueblo español situado en el corazón de la Ribera del Duero de Castilla León, bajo la atenta mirada del imponente castillo que corona la colina con forma de barco, se celebra cada Domingo de Resurrección (5 abril 2026) una de las tradiciones más emotivas y singulares de la Semana Santa castellana. Es la representación del momento en que un ángel-niño desciende de los cielos para revelar a la Virgen María la Resurrección de su hijo, espectáculo que congrega a miles de personas en la legendaria Plaza del Coso de Peñafiel.

La Bajada del Ángel, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en 2011 y que ahora aspira a ser de Interés Internacional, hunde sus raíces en las brumas del tiempo. Los documentos más antiguos que se refieren a esta representación datan de finales del siglo XVIII, aunque ya en los mismos se indica que la tradición de La Bajada del Ángel es mucho mayor. Los historiadores apuntan a que podría tratarse de evolución de los Autos Sacramentales medievales, aquellas pequeñas representaciones teatrales que se celebraban en las iglesias para mostrar a los fieles los misterios de la fe católica mediante alegorías y símbolos.
El escenario perfecto: la Plaza del Coso. No se puede entender la Bajada del Ángel sin el marco que la rodea. La Plaza del Coso es uno de los símbolos de Peñafiel, aunque para los habitantes de la villa es llamada cariñosamente El Corro. Este espacio rectangular de unos 3 mil 500 metros cuadrados, formado por 48 edificios de adobe, piedra y madera, es considerado uno de los cosos taurinos más antiguos de España, con primeros documentos que se remontan a 1443.

La peculiaridad de la plaza es extraordinaria. Los balcones que se asoman a ella, adintelados, se realizaron en los siglos XVIII y XIX, en madera, decorados con motivos arabescos de hojas, flores y frutos en lo que se conoce como “guardamalleta”. Pero más curioso aún es el “derecho de vistas” o “servidumbre de balcón”, derecho medieval que permite a los propietarios de los balcones disfrutarlos durante los festejos, aunque no sean dueños de la vivienda. Este privilegio pervive hasta nuestros días, testimonio vivo de cómo las costumbres ancestrales se mantienen en la vida cotidiana del pueblo. Allí, entre vigas de madera centenarias y el aroma a lechazo que ya empieza a escaparse de los vecinos hornos, ocurre algo que roza lo mágico: un niño vestido de ángel desafía la gravedad para anunciar que la tristeza se ha acabado.
Entre el silencio y el júbilo. El Domingo de Resurrección, cuando las campanas y los cohetes rompen el silencio de la mañana, comienza una de las celebraciones más esperadas del año. La imagen de la Virgen sale de la iglesia de Santa María cubierta con un velo negro, símbolo del luto por la muerte de su hijo. Acompañada por cofrades, mayordomos y fieles, la procesión se dirige lentamente hacia la Plaza del Coso.

Gracias a un sistema de poleas, el ángel desciende colgado, suelta dos palomas y llega a entrar en contacto con la Virgen que se encuentra bajo él. Entonces le quita el velo negro a la enlutada madre de Cristo y es elevado otra vez pataleando. Este momento, aparentemente sencillo en su descripción, encierra una profunda carga emotiva y simbólica.
El mecanismo es ancestral pero efectivo. En la plaza se levantan dos torres de unos cinco metros de altura, engalanadas con telas carmesí y banderas españolas, unidas por un juego de maromas. De la parte superior de una de las torres sale globo blanco que representa una nube y que se mueve lentamente hasta situarse sobre la imagen. El público guarda respetuoso silencio mientras la enorme esfera blanca se desplaza hasta quedar suspendida sobre la Virgen.
Entonces sucede la magia y tiene lugar escena que parece salida de un relato antiguo: un ángel desciende desde lo alto para anunciar al mundo la Resurrección de Jesús. Esta representación, mezcla de fe, teatro y tradición, convierte a Peñafiel en lugar único durante la Semana Santa. El globo se abre en dos mitades dejando a la vista a un niño vestido de ángel, con hábito blanco, corona dorada y alas. Es momento de suspensión temporal, donde el asombro infantil de generaciones pasadas se encuentra con la emoción de las presentes. El pequeño ángel comienza su descenso celestial, portando dos palomas blancas entre sus manos.

En el momento de quitar el negro manto suena el himno nacional, el público aplaude y suenan las campanas, se disparan cohetes y la coral canta el “Aleluya”. La tristeza del duelo se transforma en júbilo pascual. Las palomas blancas, símbolos del Espíritu Santo, vuelan libres sobre la multitud mientras el ángel, cumplida su misión, asciende de nuevo revoloteando hacia su globo celeste.
El ángel: honor que se rota. La elección del niño o niña que encarnará al ángel es momento especial en la vida de las familias peñafielenses. Cada año, y siempre por riguroso orden, es una de las cuatro cofradías de Peñafiel la encargada de elegir al niño o niña que será el ángel entre sus cofrades y será el mismo que procesionará a lomos de la borriquilla el Domingo de Ramos. Este sistema rotatorio garantiza que todas las cofradías participen equitativamente en el privilegio de protagonizar la ceremonia más emblemática de la Semana Santa local.
El pequeño elegido vive experiencia única: días de preparación, ensayos del descenso, el peso de la tradición sobre sus hombros infantiles. Y luego, ese momento irrepetible de volar sobre la plaza, ante la mirada de todo el pueblo y los visitantes, convertido en mensajero divino, en símbolo de esperanza y vida nueva.

Más allá del ángel: una Semana Santa viva. La Bajada del Ángel es la joya de la corona, pero la Semana Santa de Peñafiel, declarada de Interés Turístico Regional en 2023, ofrece otros momentos destacados. El Descendimiento de la Cruz del Viernes Santo en la iglesia de San Pablo, las procesiones nocturnas con el silencio característico de Castilla y León, las cuatro cofradías con sus bandas musicales vistiendo los mismos colores que sus hermanos cofrades.
Visitar Peñafiel durante la Semana Santa, y especialmente el Domingo de Resurrección, es sumergirse en una experiencia que trasciende lo turístico. Es participar de una celebración donde lo sagrado y lo popular se funden, donde el pasado medieval dialoga con el presente, donde un niño vestido de ángel recuerda a todos que las tradiciones son vehículos vivos de identidad y memoria colectiva.
Peñafiel demuestra que las tradiciones no son piezas de museo, sino expresiones vivas de una comunidad que se reconoce en sus ritos ancestrales. La Bajada del Ángel no es solo espectáculo para turistas; es el corazón palpitante de un pueblo que cada Domingo de Resurrección mira al cielo esperando ver descender la buena nueva de la vida que vence a la muerte.





